El oficio

Trabajar sin garantía

En la mayoría de los oficios existe una relación reconocible entre el trabajo y el resultado. No siempre es inmediata ni perfectamente justa, pero está ahí como marco implícito. Se estudia, se practica, se mejora, y con el tiempo algo vuelve. Un ascenso, una certificación, estabilidad. Incluso en sistemas imperfectos, la lógica general se mantiene: hacer bien las cosas tiende a producir algún tipo de devolución. Esa relación no garantiza éxito, pero ofrece una expectativa razonable de correspondencia.

Esa expectativa no es ingenua. Es experiencia acumulada. Surge de haber transitado entornos donde el esfuerzo sostenido, aun con demoras y desvíos, termina generando algún tipo de progreso reconocible. El trabajo se apoya en la idea de que existe una conexión entre lo que se hace y lo que se obtiene. Esa conexión organiza la motivación, permite tolerar la frustración y da sentido al esfuerzo prolongado.

El problema aparece cuando esa lógica se traslada a un oficio con incertidumbre. Ahí, esa relación directa entre trabajo y resultado no existe. No está oculta, no está rota, no es injusta. Simplemente no forma parte de la estructura. No hay un mecanismo que garantice que hacer las cosas bien produzca, en un plazo razonable, una devolución visible.

Uno puede trabajar bien y no obtener resultados durante mucho tiempo. Puede estudiar, ejecutar con disciplina, respetar reglas, y aun así atravesar semanas, meses o incluso años donde el proceso no devuelve nada reconocible como avance. No porque el trabajo sea incorrecto, sino porque no hay promesa. El esfuerzo no viene acompañado de un contrato implícito que asegure correspondencia entre calidad del trabajo y resultado observable.

El error más común frente a esta realidad no es técnico, sino conceptual. Se asume, de manera implícita, que el oficio funciona como el resto de los ámbitos donde se aprendió a trabajar. Que si se hace lo suficiente, si se hace bien, el resultado va a aparecer. Esa expectativa es razonable en casi cualquier otro contexto. Acá, no.

Este es un oficio sin transacción garantizada. No hay un acuerdo implícito que diga: "si hacés esto, recibís aquello". Lo único que existe es una práctica que mejora probabilidades, no certezas. Esa diferencia obliga a revisar la forma en que se entiende el trabajo, la motivación y la validación del esfuerzo.

Cuando no hay promesa, el trabajo deja de apoyarse en la expectativa de devolución. Ya no se trabaja para obtener, sino para sostener un proceso cuya única validación posible es interna. La incertidumbre no es un obstáculo que deba superarse. Es una condición que debe habitarse.

Lo que cambia no es el trabajo en sí, sino la forma de medirlo. El día deja de evaluarse por lo que se ganó o se perdió y empieza a evaluarse por la calidad de las decisiones. La validación deja de buscarse afuera y empieza a construirse desde la coherencia interna: hacer lo que corresponde, cuando corresponde, sin exigir una respuesta proporcional.

Por eso no es para todos. No porque requiera talento excepcional, sino porque requiere tolerar una condición que muchos no están dispuestos a aceptar: trabajar bien sin la promesa de que eso será recompensado. Trabajar sin garantía no es un defecto del oficio. Es su estructura.