El ego que interfiere
El ego que interfiere no es el que suele imaginarse. No aparece como soberbia explícita ni como exceso de confianza. No se manifiesta como arrogancia visible. La versión más persistente es mucho más discreta. Se filtra en silencio, a través de pequeños gestos que parecen racionales. Se presenta como la necesidad constante de intervenir, ajustar, hacer algo, incluso cuando la situación exige esperar. Esa necesidad no es arrogancia: es inquietud. Y en un oficio donde casi todo se juega en la calidad de la espera, esa inquietud puede arruinar la lectura antes de que aparezca el error visible.
La confusión habitual consiste en reducir el ego al momento del éxito desmedido, cuando alguien se siente invencible y cree estar por encima de las circunstancias. Esa forma de ego existe, pero no es la más común ni la más peligrosa. La versión cotidiana aparece mucho antes. Se activa cuando las cosas no responden como se esperaba y se siente la necesidad de corregir algo. No siempre hay euforia ni orgullo inflado; muchas veces hay frustración, ansiedad o simple incomodidad con la incertidumbre. No se busca demostrar superioridad; se busca recuperar la sensación de control. Esa es la trampa. El ego no necesita inflarse para actuar: le alcanza con incomodar.
En ese punto comienza una distorsión silenciosa: la situación deja de ser algo a observar y pasa a ser un escenario donde uno intenta confirmarse. Cada decisión se vuelve una afirmación personal: ver bien, entender a tiempo, anticipar correctamente. La lectura deja de ser evaluación y pasa a ser defensa de una idea propia. No se actúa según lo que la situación muestra, sino según lo que se desea que ocurra. El criterio se vuelve frágil no por falta de conocimiento, sino porque la necesidad de tener razón empieza a ocupar el lugar del método.
Las consecuencias no aparecen como grandes errores, sino como pequeños desvíos razonables: una decisión tomada antes de tiempo para no quedarse afuera, una interpretación de ruido como señal válida, un ajuste improvisado del plan solo por esta vez. Ninguna de esas decisiones parece excesiva por sí misma. Pero juntas forman un patrón: la estructura empieza a doblarse alrededor de la necesidad interna. Lo que debería ser lectura se convierte en reacción. Lo que debería ser paciencia se convierte en urgencia. Lo que debería ser proceso se convierte en defensa personal.
La relación entre ego e incomodidad es más estrecha de lo que se reconoce. No se trata de miedo ni de euforia, sino de intolerancia a la inacción. Se siente la obligación de intervenir porque la espera se percibe como vacío, cuando en realidad la espera es parte central del oficio. La lectura fina requiere espacio: espacio para observar, para discriminar, para permitir que las cosas se ordenen. El ego interrumpe ese espacio. No soporta la ausencia de acción. Necesita convertir cada momento en un movimiento.
Reconocer el ego no significa erradicarlo. No existe un estado emocional neutro desde el cual trabajar. No existe alguien que no sienta la tensión de querer intervenir o de querer confirmar su lectura. La estabilidad no proviene de eliminar esas fuerzas, sino de no obedecerlas. El ego va a aparecer. Va a generar presión. Va a intentar influir. La diferencia está en no convertirlo en el motor de la decisión.
Cuando se logra esa separación, la relación con el trabajo cambia. Se deja de actuar sobre ideas y se vuelve a actuar sobre condiciones. Se deja de anticipar compulsivamente y se vuelve a observar. Se deja de buscar confirmación personal y se vuelve a leer de forma impersonal. El foco ya no está en demostrar capacidad, sino en reconocer lo que hay.
La estabilidad no surge de sentirse seguro, sino de no necesitar demostrar nada. Trabajar con menos ego no es trabajar con frialdad; es trabajar con menos interferencia. Y en un oficio donde nadie observa, esa es la forma más silenciosa de mejorar.