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El broker

Vos no operás directamente en el mercado. No te sentás en una mesa de operaciones ni llamás a una bolsa para colocar tu orden. Necesitás un intermediario. Ese intermediario es el broker. Su función es darte acceso a una plataforma, ejecutar tus órdenes y cobrar por el servicio. Nada más que eso. No es tu socio, no es tu asesor, no es tu aliado. Es un proveedor de servicio.

Cuando abrís una cuenta con un broker, lo que estás haciendo es depositar dinero con una empresa que se compromete a trasladar tus órdenes al mercado — o, en algunos casos, a actuar como contraparte de tus operaciones. Esa diferencia importa. Hay brokers que envían tus órdenes directamente al mercado, donde se ejecutan contra otros participantes. Hay otros que toman la otra punta de tu operación ellos mismos. En el primer caso se habla de brokers ECN o STP. En el segundo, de brokers market makers. Ambos modelos existen, ambos son legales, pero conviene saber cuál estás usando.

Lo que importa al elegir un broker es poco, pero no negociable. Primero, la regulación. Que el broker esté regulado por una entidad seria — la FCA en Reino Unido, la ASIC en Australia, la CySEC en Europa, la CNMV en España, la CNV en Argentina, o equivalentes. La regulación no garantiza que no haya problemas. Garantiza que hay alguien a quien reclamar si los hay. Un broker sin regulación es un broker donde tu dinero no tiene protección. No hay razón para aceptar eso.

Segundo, los costos. El broker gana dinero de dos formas principales: el spread — la diferencia entre el precio de compra y el de venta — y las comisiones, que algunos cobran por operación. Un spread bajo significa que cada vez que abrís una posición, el costo de entrada es menor. Eso se acumula. En veinte operaciones al mes, la diferencia entre un broker con spread de un pip y otro con spread de tres pips es dinero real que se pierde antes de empezar. Los costos se revisan antes de abrir la cuenta, no después de operar un mes.

Tercero, la ejecución. Que cuando hacés click en comprar, la orden se ejecute al precio que ves o lo más cerca posible. Un broker con mala ejecución te llena a precios distintos de los que pediste — eso se llama slippage — y en momentos de alta volatilidad la diferencia puede ser grande. No hay forma de eliminar el slippage completamente, pero un broker serio lo minimiza.

Cuarto, el retiro de fondos. Que puedas sacar tu dinero sin trabas, sin demoras injustificadas, sin excusas. Esto se verifica antes de depositar grandes cantidades. Se hace un depósito chico, se opera, se pide un retiro. Si el retiro llega sin problemas, el broker pasa la prueba. Si hay demoras o complicaciones, ya tenés la respuesta.

Lo que no importa: los bonos de bienvenida, las promociones, el apalancamiento máximo que ofrecen, el marketing agresivo, las cuentas VIP con supuestos beneficios exclusivos. Todo eso es ruido diseñado para atraer clientes. Un broker que necesita convencerte con regalos probablemente no te convenza con su servicio.

Una cuenta se abre en minutos. Se completan los datos, se verifica la identidad, se deposita el mínimo y se empieza. Elegir bien el broker es una decisión que se toma una vez, con criterio, y después se deja de pensar en eso. No es el broker lo que determina si ganás o perdés. Es lo que hacés después de abrirlo.