Proceso

Tiempo como insumo

Hay una creencia que se instala temprano y que cuesta mucho deshacer: la idea de que el tiempo es un obstáculo. Algo que se interpone entre donde estoy y donde quiero llegar. Algo que hay que vencer, acortar, superar. Pero en un oficio con incertidumbre, el tiempo no funciona así. El tiempo no es un obstáculo. Es un insumo. Es parte del material con el que se trabaja, tan necesario como la atención o el criterio.

Esto es difícil de aceptar porque contradice todo lo aprendido. En otros ámbitos, la velocidad se premia. Llegar antes es mejor. Resolver rápido es señal de capacidad. Pero acá, querer ir más rápido no acelera el proceso. Lo sabotea. Porque hay cosas que no se pueden comprimir. Hay aprendizajes que solo aparecen después de mucho tiempo sin que pase nada. No se fabrican. No se fuerzan. Se esperan.

La espera es lo más difícil de sostener. No porque sea compleja, sino porque es vacía. No produce nada visible. No deja registro. No se puede mostrar. Y en un mundo que confunde velocidad con progreso, la espera parece una pérdida. Pero no lo es. La espera no es el precio que se paga por el resultado. Es parte del trabajo. Tan legítima como cualquier otra etapa. El tiempo invertido sin resultado visible sigue siendo tiempo útil, aunque no se sienta así.

La prisa aparece disfrazada de ambición. Se presenta como compromiso, como dedicación, como ganas de avanzar. Pero en el fondo es intolerancia. Intolerancia al vacío, al silencio, a la falta de señales. Intolerancia a no saber si lo que se hace está funcionando. Y esa intolerancia empuja a hacer cosas que no corresponden, a saltar pasos que después se cobran. Lo que se salta para llegar antes, se paga después. Siempre. A veces con errores. A veces con retrocesos. A veces con tener que empezar de nuevo.

No se puede acelerar lo que necesita madurar. El proceso tiene su propio ritmo, y ese ritmo no responde a plazos internos. Tiene los suyos. Uno puede exigirle velocidad, pero el proceso no obedece. Lo que tarda no está fallando. Está formándose. Está tomando la forma que necesita tomar, a la velocidad que necesita. La impaciencia no cambia eso. Solo agrega ruido.

Estar dispuesto a esperar es una habilidad, no una debilidad. Requiere fortaleza. Requiere confianza en algo que no se ve. Requiere tolerar la incomodidad de no tener confirmación durante períodos largos. El tiempo vacío incomoda. Pero es ahí donde se construye. En esos meses donde nada parece avanzar, donde la única evidencia de trabajo es la persistencia misma.

El tiempo no es enemigo del oficio. Es su condición. Aprenderlo cambia la relación con todo lo demás. Con la frustración, con la espera, con la idea de progreso. Deja de buscarse la línea recta y empieza a aceptarse el recorrido tal como es: lento, irregular, muchas veces invisible. Pero real. Y lo real, aunque tarde, es lo único que se acumula.