Perder no es fallar
Perder es parte del trabajo. No es una excepción, no es una anomalía, no es una señal de que algo anda mal. Es una condición estructural del oficio. Pero cuesta entenderlo así, porque todo lo que se aprendió antes dice lo contrario. En la mayoría de los ámbitos, perder indica un error: algo se hizo mal, algo faltó, algo falló. Esa lógica funciona en contextos donde el resultado responde al esfuerzo. En un oficio con incertidumbre, no.
Acá se puede hacer todo bien y perder igual. Se puede seguir el proceso, respetar el criterio, tomar la mejor decisión disponible, y que el resultado sea adverso. Eso no significa que el trabajo fue malo. Significa que el resultado no confirma el trabajo. Y esa distinción, que parece sutil, cambia todo. Porque si se juzga el trabajo por el resultado, cada pérdida se convierte en condena. Y si se juzga el trabajo por la calidad de la decisión, la pérdida se convierte en dato.
El problema no es la pérdida. Es lo que se hace después de perder. Ahí es donde se revela la relación real con el oficio. Hay quienes pierden y se desmoronan: cambian el plan, amplían el riesgo, buscan compensar. Hay quienes pierden y siguen igual: revisan, registran, ajustan si hace falta, y vuelven al proceso. La diferencia no es de temperamento. Es de comprensión. Quien entiende que la pérdida es estructural no necesita reaccionar ante ella. Quien la vive como fracaso, reacciona siempre.
Perder bien es una habilidad. No se nace con ella. Se construye con el tiempo y con la exposición repetida a resultados adversos. Perder bien significa no agregar daño al daño. No convertir una pérdida esperada en una pérdida ampliada por la reacción. No tomar decisiones desde la urgencia de recuperar. Perder mal, en cambio, es un hábito. Y es un hábito que se refuerza cada vez que se reacciona desde la incomodidad en lugar de desde el criterio.
Cada pérdida duele más cuando se la interpreta como fracaso personal. Cuando se le pide al resultado que diga algo sobre quién sos, sobre tu capacidad, sobre tu futuro. Pero un mal resultado no es un mal trabajo. A veces coinciden. Muchas veces no. La pérdida no invalida el proceso. Reaccionar mal a la pérdida sí. Porque la reacción es lo que rompe la consistencia, no la pérdida en sí.
Aceptar la pérdida no es resignarse. No es decir que todo da lo mismo. Es dejar de pelear contra la estructura. Es entender que en un oficio con incertidumbre, perder forma parte del paisaje cotidiano. Que la pérdida esperada no debería sorprender, aunque siempre sorprenda. Que convivir con ella sin dramatizarla es lo que permite seguir trabajando.
Lo que distingue al oficio no es ganar. Es la relación con perder. Cómo se procesa, cómo se integra, cómo se sigue después. La pérdida se vuelve problema cuando se le pide que no exista. Cuando se la trata como enemiga en lugar de como condición. Aprender a perder sin que la pérdida te defina es una de las primeras cosas que el oficio exige. Y una de las últimas que se aprenden.